Zegama Aizkorri. Race Report. Donde nunca corres solo. Y donde hay que correr rápido.


Que Zegama es especial es algo que a estas alturas nadie lo pone en duda. Que hay que vivirlo al menos una vez en la vida, tampoco. Zegama es barro. Zegama es lluvia. Zegama es niebla. Y este año puede que más que ninguno. Zegama es Zegama, por eso es especial.

Decía una compañera de clase que si no encestabas la primera canasta de un partido de baloncesto no lo ganarías. Una teoría muy poco fundamentada que yo suelo aplicar a mis participaciones en carreras de montaña de otra forma. El primer kilómetro es el que decide tu suerte en la prueba. Depende de cómo te sientas en ese primer kilómetros la cosa irá bien o mal. Una teoría muy poco fiable que sin embargo siempre solía funcionar. Hasta ayer.

Los días previos a la edición del domingo fueron los mejores, meteorológicamente hablando, de las veces que he estado en Zegama. Despejado, sol y calor, mucho calor. Unas condiciones que aguantarón hasta mediada la tarde del sábado cuando comenzó a llover... y ya no paró. 


Este año llegué a Zegama con una intención solamente: disfrutar. Del pueblo, de la carrera, de la gente, del recorrido, de cada kilómetro. Bueno, y también para hacer el streaming de la prueba con Territorio Trail, aunque eso es otra historia. 

La noche anterior dormí de maravilla y en las horas previas a la salida estaba muy tranquilo, nervios cero. El dorsal estaba en su sitio, el material obligatorio también, la temperatura era perfecta y de momento la lluvia aguantaba. Salida, vuelta por Zegama y enseguida hacia arriba en unos primeros kilómetros en los que casi sin descanso llegaríamos hasta Bidarte. En esos primeros minutos de la carrera me sentí muy a gusto y, conforme avanzaba en esos kilómetros pensé que, con las condiciones de barro que había y con la manta de agua que comenzaba a caer, seguramente la idea de seis horas era algo aventurada pero que, de una forma u otra llegaría a la meta de Zegama. Mi idea era reservar y conservar hasta el k24 y, desde allí, apretar a meta.


El paso por Otzaurte fue como siempre espectacular, aunque me dio la sensación de que con menos gente que otras veces. Sensaciones que posteriormente tendrían su explicación. El comienzo del ascenso al Aratz, el tramo entre prados bajo la lluvia que lleva hasta Atabarreta lo disfruté como pocas veces en una carrera. Entre culetazos y excursiones en el barro, dejé el Ipod en el bolsillo. Hoy no hacía falta. A todo eso, conforme subíamos la lluvia aumentaba y el frío también al punto que en la parte final del Aratz la sensación era de auténtico frío invernal a pesar de los guantes y del cortavientos. Desde aquí comenzaba el descenso a Sancti Spiritu que marcaría casi la mitad de carrera y empezar a restar.


Cuando llegaba al avituallamiento de Sancti Spiritu me sorprendió no escuchar el griterío habitual ni ver mucha gente. Bueno, pensé, con la que está cayendo es normal que no se hayan animado a subir. Al entrar en el avituallamiento me dicen que está cerrado, algo que al principio no comprendí muy bien. ¿Qué está cerrado? El control. No entiendo, ¿qué control? Este, se cerraba a las 3h15' de carrera y llevamos 3h19'...

La Zegama en la que más había disfrutado, la que me estaba tomando más tranquilamente se terminaba al llegar con el tiempo cumplido, un tiempo que ni siquiera me había molestado en mirar en el reglamento y que ni sabía que eran esas 3h15'.

Enhorabuena a un pueblo y a una Organización que cada año se supera, más todavía en un día como ayer en el que las condiciones pintaron muy mal durante muchas horas.

Sin duda, habrá más, no sé si tendré que esperar a otro año olímpico, pero volveremos. Porque, al fin y al cabo, Zegama es Zegama.







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